Siempre me ha gustado visitar los mercados, de niño vivíamos cerca del de San Juan, en Calle 7, en Iztapalapa, muy cerca de Neza, mis padres me llevaban de la mano para acompañarlos en sus compras, desde los tres años mi madre me invitaba taquitos de suadero:
— Dos sin salsa para mí y dos para el niño con todo.
Me enseñaba cómo pedir los bisteces:
— Siempre pide de espaldilla o de diezmillo.
Me mostraba qué champiñones elegir:
— Los que tienen la patita negra ya están maduros, de esos no.
O cómo escoger los aguacates para el día y para la semana:
— Los más blanditos son para el guacamole, los duros para comer en rebanadas.
En cambio, mi padre me convidaba caldos de gallina de los puestos ubicados debajo del puente que cruza la Calzada Zaragoza.
— Uno de huacal con huevera y uno de pierna deshebrada
Para comprar mi papá era muy práctico, todo lo adquiría en el mismo puesto de verduras, en la misma carnicería y en la misma cremería.
— ¡Quiubo Fer! Te dejo mi lista y regreso en un rato
Siendo adolescente apoyaba a mis padres vendiendo quesadillas fritas en un puesto callejero que montábamos todas las noches, yo era el encargado de ir diariamente a adquirir los enseres: la masa, el chicharrón prensado, las cebollas, los tomates, el queso, etc. Siempre en San Juan, aunque cuando se me hacía tarde me trasladaba hasta la Merced, tomaba el microbús y aunque fuera tarde hallaba de todo, aunque para ello tuviera que caminar entre cerros de basura de los puestos que ya habían recogido y esquivar una que otra rata, pero de las chonchas, muchas de ellas ya le habían perdido el miedo a la gente, recuerdo una comiendo en dos patas un pedazo de bolillo a un costado de un borrachín afuera de una pulquerìa
Ahora que soy padre de familia me gusta ir con mi hija al tianguis que se pone todos los viernes en la zona de la Villa, a un costado de Plaza Tepeyac, donde la mitad de los puestos están cubiertos con mantas color rosa mexicano y venden artículos como cosméticos, tupperware, jarciería, juguetes y hasta rompecabezas
— Mira papá tienen el de La noche estrellada de Van Gogh ¿me lo compras?
En otra parte del mercado ofrecen solo antojitos, a veces nos sentamos a comer tlacoyos de masa azul con nopalitos o quelites encima
— Deme uno de requesón con salsa verde y otro de frijol
O tacos de tripa o un mixiote de carnero, también disfrutamos de las nieves que venden en vasitos azules con cucharas diminutas de varios colores.
Por mi oficio siempre pasamos a ver el único puesto de libros del tianguis, el cual mezcla ejemplares nuevos, piratas y usados, ahí he encontrado varias “joyitas”, me llevé una antología de Sor Juana de finales del siglo XIX por $80. Tal vez por la hora siempre lo encuentro comiendo su guisado que le entregan en un plato cubierto por un playo y sus tortillas en papel aluminio.
Llegamos a la parte de las verduras, en ese punto me pregunto si en Europa, específicamente en París tendrán esta variedad, también me cuestiono cuanto tardarán en acomodar tan bien los limones en pirámides tan perfectas; nos acercamos con la marchanta que trae una gran variedad de hongos y hierbas, ella mira que no suelto de la mano a mi hija de diez años y se pierde un par de segundos en sus pensamientos, tal vez le recuerda su infancia con su padre o que dejó el gas prendido ¿quién sabe? Luego reacciona:
— ¿De qué le doy joven?
— Medio kilo de champiñones por favor
— ¿Los va a hacer en quesadilla?
— No, en crema, muchas gracias
Pagamos, nos retiramos y a los pocos pasos nos alcanza gritando
— Joven, joven, se le olvida el epazote
— Cierto ¿cuánto le debo?
— Nada, ¿cómo los va preparar así solitos? ¡Lléveselo!
Luego compramos papas con un par de ancianos que dan ternura, tendrán más de setenta años y se la pasan discutiendo, son divertidos.
— Viejo, ya te dije que la papa blanca va en la bolsa negra
— ¿Qué importa el color, mujer? ya la estoy guardando
— Pero va en la negra
— Déjame, lo estoy haciendo yo
Al llegar al puesto de quesos y embutidos, de esos donde los manteles plásticos son blancos y nunca tienen refrigerador a pesar de vender perecederos pregunto a la encargada el precio de la longaniza que se ve muy buena
—$120 el kilo, pero no es como las demás, ésta no se deshace, cuando la parta verá que parece salchicha, enterita y hasta verá los pedacitos de carne, no se va a arrepentir
Mientras habla me ve a mi, a mi hija y como la sujeto de la mano, en lo que medito cuánto llevar, al igual que la otra comerciante, se pierde por segundos, imagino que piensa que soy un papá luchón que cuido a mi hija y debo trabajar al mismo tiempo o sólo piensa en si su nieto habrá comido porque se quedó con la desobligada de su nuera; le pido un kilo y me echa un buen pedazo de pilón
— Vámonos hija, que hay que llegar a hacer la comida, vacunaron a tu mamá y hay que atenderla
— ¿Y el agua de qué?
— De veras, vamos por la fruta
— Mmm, yo creo que de guayaba, de esa le gusta, además, ésta está barata y pachichita, es la que sirve para hacer agua, las duras se comen enteras.
Terminamos las compras y nos retiramos a la casa para preparar la comida, que modestia aparte quedó muy buena.
Sergio Núñez. Librero de viejo.
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