lunes, 15 de noviembre de 2021

Despedida

De espaldas el paisaje 

Y con los ojos fijos en el mar 

Oculto mi pena. 

Esta es la despedida.




Silvia Tomasa Rivera




   Cincuenta y cinco años juntos, recuerdo lo atento que eras, cuando me mudé del pueblo para la ciudad me seguiste, me visitabas cada semana sin importar la distancia, me llenabas de palabras dulces y regalos, me hacías reír con tus ocurrencias, yo era muy chica, solo quince años, me enamoraste, fuiste mi primer y único novio, para mí eras perfecto, el hombre con el que deseaba pasar el resto de mi vida, por eso decidí regresar y estar a tu lado, cegada por el velo del amor solo te veía y te escuchaba a ti, era inocente, sin más educación que la primaria y no necesitaba nada si estaría compartiendo todo contigo. Nos casamos, me llevaste a una pequeña casa, linda como lo prometiste con un jardín muy grande donde pudimos cultivar muchos árboles frutales, todo era ideal, un sueño, gracias por ello.


Luego todo cambió. Después de nuestro primer hijo te perdiste en la enfermedad del alcoholismo y fuiste desobligado, quise entender y apoyarte, nunca lo permitiste, iba por ti hasta el atrio de la iglesia, te levantaba sumamente ebrio, orinado y maloliente, no respetabas ni los lugares santos, no te veía por días o semanas y cuando llegabas a casa era solo para utilizarme como el recipiente de tus frustraciones y arrebatos, te di ocho hijos que servían para presumir tu hombría, tu machismo. Debí buscar formas de cuidarlos y mantenerlos, nunca me apoyaste, me humillabas en los eventos donde iba de cocinera para sacar algo de comer para los niños, me gritabas y golpeabas argumentando que era una puta. Doce años ininterrumpidos de embarazo, no me respetabas ni siquiera la cuarentena, fue un error mío soportarlo, pensaba que la vida era así, la mujer sometida al contentillo del esposo, que equivocada estaba. Con mis hijos nunca estuviste presente, fallaste siempre, su educación no la creías importante, pensabas que las mujeres se casarían y serían mantenidas por sus maridos, los varones tenían que entender lo complicado que es la existencia, debieron aprender solos, cantando en camiones, vendiendo lo que podían en tianguis, trabajando desde chicos, fue difícil para mi sola instruirlos, eran muchos y tú extraviado en tu vicio no los viste crecer, no disfrutaste de sus logros, de sus alegrías, te lo perdiste. Ya que nunca reparaste en ellos te platico que el mayor perdió un pie, estaba borracho y fue atropellado; dos de ellos han muerto, en parte es tu culpa, fallecieron a sus cuarenta por diabetes no atendida, ellos siguieron tu ejemplo, siempre alcoholizados; el menor de los hombres se fue de indocumentado y está en California, no deseaba estar contigo, jamás regresará, es como si también me lo hubieras arrebatado.

Seguimos viviendo en la misma casa en la que iniciamos nuestro matrimonio, sin ningún cambio, nunca te preocupaste por hacer arreglos, es la misma puerta, los mismos cables de luz mal puestos que se instalaron hace más de medio siglo. Tus hijas están bien, todas ellas procreando desde adolescentes, ¡pinche pueblo de mierda, lleno de vicio y carente de educación! Sola no pude orientarlos como se debía. Además de nuestros hijos tenemos 19 nietos y 15 bisnietos, los más chicos sólo te veían como un mueble más de la casa, no fue ni siquiera para saber sus nombres, abstraído siempre en tu mundo te olvidaste de tu alrededor. Cuando me di cuenta del infierno en el que me tenías te aislaste en una habitación, jamás volví a hablarte, aunque seguí atenta a ciertas necesidades mínimas - ¿ya comió tu abuelo? preguntaba a tus nietos. 

Ahora te veo aquí en el mismo cuarto que en tus últimos meses de enfermedad no quisiste abandonar, frío y distante, siempre fuiste así, estás muerto y nadie ha llorado tu partida, junto a tu féretro no siento casi nada, tal vez un poco de lástima, nadie ha venido a verte o a dar condolencias, excepto tus hermanos con los que nunca quisiste convivir más allá de los bautizos y las bodas, es momento de decirte adiós, en silencio, espero que a donde vayas seas mejor de que lo fuiste en este mundo. Hasta nunca.


martes, 2 de noviembre de 2021

Carta a los Santos Reyes

Heme aquí de nuevo queridos Reyes Magos, después de más de tres décadas me hago presente, aquella remota vez que tuvimos comunicación fue cuando escribí mi última carta ¿recuerdan? Tenía 11 años y justo dos días antes de su llegada mis padres me dijeron que ustedes no vendrían, que ellos podrían complacerme con la añorada bicicleta, la mejor que he tenido, la misma que me querían quitar en las calles de Neza y por la que me corretearon como tres kilómetros, esa ocasión logré salvarla pero finalmente me la robaron por mi vicio de ir a las maquinitas, la dejé afuera de la tienda y al salir ya no estaba; pensaba que ustedes siendo magos, sabrían lo que me dolió esa pérdida y me traerían una nueva, no fue así, con todo y que me porté muy bien, no es reclamo, pero sí sentí feo. Después de eso sólo supe de ustedes por mis hermanos menores, pero ya no era lo mismo. 

Agradezco que me hayan hecho sentir tantas alegrías, como cuando me trajeron la máscara de Voltron que mi papá decía que era muy cara y se molestó esa vez porque la dejé olvidada por muchas semanas y preferí entretenerme con los soldaditos de plástico que eran igualitos a los que vendían por montones en el Mercado de Sonora. Cuando jugaba con ellos en la azotea armando historias  era sumamente feliz, los acompañaba en sus batallas bélicas con luchadores y animales de plástico, cochecitos de metal y camiones de madera. También recuerdo que siempre me traían tres juguetes, uno de cada uno de ustedes, pero lo siento, siempre me gustó más el regalo del negrito - ese te lo trajo Baltasar, decía mi mamá. Debo admitir que siempre los culpé con mis cuates por no traerme buenos trompos y yoyos, pero la verdad es que era pésimo, aunque hubiera recibido los mejores no habría podido hacer los trucos que hacían los más diestros de la escuela que en ese momento eran motivo de mi admiración - mira güey, así se hace el búmeran. Esperaba con ansias cada 6 de enero, en el transcurso del año no recibía ni un sólo juguete, hasta que ustedes llegaran, entonces debía pensar lo que les pediría unos días antes y escribir la carta para mandarla en globo cuando se podía o dejarla en el árbol de Navidad, nunca me trajeron lo que les pedí, mi mamá decía que les era muy difícil complacer a todos los niños del mundo, pero debía agradecer que me tomaran en cuenta, lo entendía. Lo que no comprendí jamás es como se metían a la casa, mi abuelita decía que se hacían muy chiquitos y pasaban por debajo de las puertas, dejaban los juguetes y se retiraban en fracciones de segundo - ¿Abue, cómo reparten a tanto niño en una sola noche? - Pues son magos - ¿Por qué a algunos les traen mejores juguetes que a otros? - Porque ellos se portan bien, obedece a tus papás y verás que te consienten.

Me vienen a la mente aquellos días en que salíamos a jugar a la calle sin tanto peligro y sin tanto coche, privilegiados porque vivíamos en una calle cerrada sin pavimentar y podíamos estar horas jugando bote pateado, escondidillas, cebollitas o fútbol hasta que escuchábamos el clásico - ¡Ya métete! Los días de Reyes era un alboroto total, desde las seis de la mañana decenas de niños mostrando sus juguetes, tropezando entre triciclos, patines, avalanchas y bicicletas, lidiando entre balones, pelotas y niñas sentadas en el piso jugando a la casita, ese día difícilmente había peleas, aunque uno que otro presumido que le habían traído el juguete más caro era visto con envidia, todos los niños se veían desvelados pero sonrientes.   


Excepto por la bicicleta, que realmente nunca les pedí, estoy satisfecho con su buena labor, nunca me faltaron los juguetes en la fecha indicada, siempre los recibí con sorpresa, después de tanto tiempo me veo en la necesidad de hacer un nuevo pedido, se preguntarán si a mi edad deseo cosas difíciles de complacer como la Paz mundial, que no haya epidemias o que no se extingan las especies de arácnidos del Amazonas, no, esos asuntos se los dejo a Dios, a la Naturaleza, al Universo o a mi tía Chofi diría Jaime Sabines; lo que quiero que me traigan queridos Reyes Mayos son peticiones que en su momento no fueron concedidas y han causado un anhelo constante a través de los años, el primero es para mi hija la mayor, quiero un microhornito, cada año suspira al recordar que nunca se lo trajeron, recientemente leí que es el juguete que más frustraciones logró por que no lo concedieron, tal vez por la dificultad de traerlo desde el oriente; el segundo es una cajita Playmovil para mi esposa, puede ser de ciudad o de campo, no importa, ella se los pidió por años y nunca lo cumplieron, tal vez sea la ocasión idónea; por último, pido para mí un trompo profesional de plástico color verde punta de diamante, me quiero sacar esa espinita que tengo desde la infancia cuando salía con los cuates y no me salía ni un truco, me demostraré a mi mismo que puedo hacerlo y poder decirle a mis nietos - recuerdo cuando hacía el ratón loco con el trompo que me trajeron los Reyes.

Espero me concedan lo que he solicitado, me he portado muy bien este año, hasta entré a un taller de crónica para poder escribir esta carta con mayor fluidez y más confianza. Ojalá que a mis compañeros del curso también se les cumplan sus deseos. Sin más por el momento, su atento servidor, Sergio Núñez. 


P.D.  Si el trompo no es verde, puede ser rojo sin problema. 



Sergio Núñez. Librero de viejo.

Me da mi calaverita

 Vivo en una unidad habitacional con veinte torres de siete pisos, en cada uno cuatro departamentos, menciono esto para que calculen cuántos niños puede haber, los días de muertos acostumbran pedir calaverita, recuerdo que antes simplemente salíamos con una caja de zapatos recortada como calabaza y una velita dentro y nos daban algunas monedas, ahora se disfrazan de personajes de la película de Disney  o serie de Netflix de moda, cargan con un recipiente de plástico chino o mexicano en forma de calabaza o calaca y esperan dulces, por recomendación de la administración uno debe colocar un distintivo en la puerta como aviso de que uno está dispuesto a cooperar, me digo genial, no pondré nada, pero mi familia opina lo contrario y no conformes con el adorno de la temporada colocan un letrero de “pide tu calaverita”. Ellas se van del departamento y me dejan con el compromiso de recibir a los ataviados infantes, toca el timbre una señora vestida de Chucky con un espantapájaros de dos años en los brazos, un poco tenso porque el timbre me causa ansiedad le doy dos o tres paletas, lo que mi puño alcanza a tomar, luego viene el desfile de varias Cruellas, Catrinas, niños con máscaras iluminadas y cruces en los ojos, otros tantos parecen carceleros con trajes naranja y máscaras negras con un cuadrado blanco, algunos de ellos traen metralletas, la verdad me espantan un poco y mi ansiedad sube, mi familia no regresa para encargarse del asunto. Decido retirar el letrero y aún así toca un batman como de diez años, pensaba que ese traje ya no se usaba, luego una vaquerita, mi ansiedad está a tope, estoy a punto de quitar los adornos cuando se acercan seis pequeños individuos con trajes rojos y máscaras de Dalí, me siento amenazado, les doy todos los dulces que quedan, ahora estoy aliviado, pero vuelven a llamar, en esta ocasión son dos Harry Potter y una  jovencita mal encarada con una gran cortada en el rostro, entro a la casa y no sé qué darles, pienso en sacrificar la ofrenda y darles fruta, pero tal vez no les guste y me agredan, se escucha que se acercan más, descubro una bolsa de paletas, con eso lo soluciono, abro y a los magos se agregó un Drácula y una especie de Frankenstein-Shrek acompañado de un hombre araña de 1.90 m de altura. Regresa mi familia y se encargan de la atención. Me tranquilizo,. Aunque no lo crean me gustan estas tradiciones, sólo que vistas desde las gradas.

lunes, 18 de octubre de 2021

Papá luchón

Siempre me ha gustado visitar los mercados, de niño vivíamos cerca del de San Juan, en Calle 7, en Iztapalapa, muy cerca de Neza, mis padres me llevaban de la mano para acompañarlos en sus compras, desde los tres años mi madre me invitaba taquitos de suadero:


Dos sin salsa para mí y dos para el niño con todo. 


Me enseñaba cómo pedir los bisteces: 


Siempre pide de espaldilla o de diezmillo.


Me mostraba qué champiñones elegir: 


Los que tienen la patita negra ya están maduros, de esos no.


O cómo escoger los aguacates para el día y para la semana:


— Los más blanditos son para el guacamole, los duros para comer en rebanadas.


En cambio, mi padre me convidaba caldos de gallina de los puestos ubicados debajo del puente que cruza la Calzada Zaragoza.


— Uno de huacal con huevera y uno de pierna deshebrada


Para comprar mi papá era muy práctico, todo lo adquiría en el mismo puesto de verduras, en la misma carnicería y en la misma cremería. 


— ¡Quiubo Fer! Te dejo mi lista y regreso en un rato


Siendo adolescente apoyaba a mis padres vendiendo quesadillas fritas en un puesto  callejero que montábamos todas las noches, yo era el encargado de ir diariamente a adquirir los enseres: la masa, el chicharrón prensado, las cebollas, los tomates, el queso, etc. Siempre en San Juan, aunque cuando se me hacía tarde me trasladaba hasta la Merced, tomaba el microbús y aunque fuera tarde hallaba de todo, aunque para ello tuviera que caminar entre cerros de basura de los puestos que ya habían recogido y esquivar una que otra rata, pero de las  chonchas, muchas de ellas ya le habían perdido el miedo a la gente, recuerdo una comiendo en dos patas un pedazo de bolillo a un costado de un borrachín afuera de una pulquerìa


Ahora que soy padre de familia me gusta ir con mi hija al tianguis que se pone todos los viernes en la zona de la Villa, a un costado de Plaza Tepeyac, donde la mitad de los puestos están cubiertos con mantas color rosa mexicano y venden artículos como cosméticos, tupperware, jarciería, juguetes y hasta rompecabezas 


Mira papá tienen el de La noche estrellada de Van Gogh ¿me lo compras? 


En otra parte del mercado ofrecen solo antojitos, a veces nos sentamos a comer tlacoyos de masa azul con nopalitos o quelites encima


— Deme uno de requesón con salsa verde y otro de frijol 


O tacos de tripa o un mixiote de carnero, también disfrutamos de las nieves que venden en vasitos azules con cucharas diminutas de varios colores. 


Por mi oficio siempre pasamos a ver el único puesto de libros del tianguis, el cual mezcla ejemplares nuevos, piratas y usados, ahí he encontrado varias “joyitas”, me llevé una antología de Sor Juana de finales del siglo XIX por $80. Tal vez por la hora siempre lo encuentro comiendo su guisado que le entregan en un plato cubierto por un playo y sus tortillas en papel aluminio. 

Llegamos a la parte de las verduras, en ese punto me pregunto si en Europa, específicamente en París tendrán esta variedad, también me cuestiono cuanto tardarán en acomodar tan bien los limones en pirámides tan perfectas; nos acercamos con la marchanta que trae una gran variedad de hongos y hierbas, ella mira que no suelto de la mano a mi hija de diez años y se pierde un par de segundos en sus pensamientos, tal vez le recuerda su infancia con su padre o que dejó el gas prendido ¿quién sabe?  Luego reacciona:


— ¿De qué le doy joven?  

Medio kilo de champiñones por favor 

— ¿Los va a hacer en quesadilla?

— No, en crema, muchas gracias


Pagamos, nos retiramos y a los pocos pasos nos alcanza gritando


— Joven, joven, se le olvida el epazote 

— Cierto ¿cuánto le debo?

— Nada, ¿cómo los va preparar así solitos? ¡Lléveselo!


Luego compramos papas con un par de ancianos que dan ternura, tendrán más de setenta años y se la pasan discutiendo, son divertidos.


— Viejo, ya te dije que la papa blanca va en la bolsa negra

— ¿Qué importa el color, mujer? ya la estoy guardando

— Pero va en la negra

— Déjame, lo estoy haciendo yo


Al llegar al puesto de quesos y embutidos, de esos donde los manteles plásticos son blancos y nunca tienen refrigerador a pesar de vender perecederos pregunto a la encargada  el precio de la longaniza que se ve muy buena


—$120 el kilo, pero no es como las demás, ésta no se deshace, cuando la parta verá que parece salchicha, enterita y hasta verá los pedacitos de carne, no se va a arrepentir 


Mientras habla me ve a mi, a mi hija y como la sujeto de la mano, en lo que medito cuánto llevar, al igual que la otra comerciante, se pierde por segundos, imagino que piensa que soy un papá luchón que cuido a mi hija y debo trabajar al mismo tiempo o sólo piensa en si su nieto habrá comido porque se quedó con la desobligada de su nuera; le pido un kilo y me echa un buen pedazo de pilón


— Vámonos hija, que hay que llegar a hacer la comida, vacunaron a tu mamá y hay que atenderla

— ¿Y el agua de qué?

— De veras, vamos por la fruta

— Mmm, yo creo que de guayaba, de esa le gusta, además, ésta está barata y pachichita, es la que sirve para hacer agua, las duras se comen enteras.


Terminamos las compras y nos retiramos a la casa para preparar la comida, que modestia aparte quedó muy buena. 



Sergio Núñez. Librero de viejo.


Las quesadillas de la tía

Durante años viví en el lejano oriente, nací en la Agrícola Oriental, perteneciente a la ahora alcaldía Iztacalco, pero al cruzar una calle ya me encontraba en Iztapalapa y al caminar unos cuantos pasos nace Cd. Neza, mi casa estaba a unos pasos donde actualmente está el metro Canal de San Juan. Muy cerca de la Calzada Zaragoza estaba mi secundaria, la Técnica 83, era de los tamarindos o cucarachos con mi suéter café, iba en la mañana y al salir corría a la casa, me servía algo de comer porque mi mamá solo nos preparaba un guisado y cada quien se despachaba.


  • Hijo, ya es tarde, van a dar las cuatro, ve por la masa o te cierran, también me traes chicharrón, pero ya sabes de cual, ¡no vayas a traer de otro!  Ah, y cebollas y dos pesos de epazote, pero apúrate que hoy es viernes y no quiero salir tarde

  • Voy ma


En mi adolescencia la pasé muy bien, los fines de semana y en las vacaciones me las pasaba con los cuates jugando fut o basquetbol, fui afortunado, pues me tocó la época de Maradona y sobre todo la de Michael Jordan, los Toros de Chicago y el verdadero Dream Team, en esos tiempos aún se jugaba en las calles con las porterías marcadas con pedazos de tabique, pero también teníamos el pequeño deportivo de la colonia donde nos juntábamos toda la bola de chavos echando relajo.


  • ¿Qué transa perro, vas a las canchas al rato? Va a ir el cheque y el pipo, para armar la reta con los de la 20

  • No puedo, le voy a ayudar a mi mamá con las quesadillas

  • Va, pues entonces el fin

  • ¡Va, cámara! Nos vemos el sábado, pero temprano ¿eh?


Desde pequeño mis padres me enviciaron con la comida callejera, si iba con mi madre me decía: vamos por unos tacos, pero no le vayas a decir a tu papá; con mi papá, igual: vamos por una pancita a San Juan, pero no le digas a tu mamá. Me quedé acostumbrado y en cada viaje al mercado era obligatoria una escala.


  • ¿De qué te doy güero?

  • Dos de tripa doradita y dos de suadero por favor  

  • ¿Tepache?

  • Sí, del de a litro

  • Pero eso sí, aunque tarde siempre cumplía con mis deberes, vivíamos de la venta nocturna de quesadillas, tostadas y sopes; modestia aparte, nos quedaban muy ricas y vendíamos mucho, fue esa época en que mi papá se quedó sin trabajo y toda la familia aportaba en el negocio


  •  ¿Lo de siempre moreno?

  • Sí, 5 de masa y uno de tortillas

  • Hoy casi no alcanzas, vente más temprano

  • Mañana le caigo antes de las cuatro


  • Buena tarde doña Lucha, un kilo de cebolla y dos pesos de epazote

  • ¿Hoy no vino tu mamá?

  • No, ya sabe que entre semana yo vengo ¿Dónde anda el Pedro? 

  • Que es que haciendo tarea el cabrón

  • Ahí me lo saluda 

  • Aquí tienes, uno de cebolla y dos de epazote, 9 pesos

  • No traigo cambio

  • Mañana me pasas

  • Sí, se lo paso, gracias


Para ir al mercado de San Juan, ubicado en Iztapalapa, pegadito a Neza, tenía que cruzar la Zaragoza y el Periférico, Calle 7, el puro barrio, creo que es el único mercado que nunca cierra su tránsito porque los locales son parte de las calles y están incrustados en la colonia, a esa edad y en esa época no tomaba precauciones, me metía por cualquier callejón sin medir el peligro, varias veces me corretearon, me quisieron robar la bicicleta y hasta en una ocasión unas cajas de duvalines y mazapanes.


  • A ver carnalito, ven para acá ¿qué traes en la bolsa?

  • Masa y verdura, ¿por qué?

  • No te hagas pendejo, saca la feria

  • No traigo nada güey, ya me lo gasté

  • ¡Vale madre! ¿De dónde eres?

  • De acá, de la Agrícola, de la 10

  • ¿No quieres vender mota?

  • No, no le hago a eso y los que conozco no fuman

  • ¡Pinche puto! Ya, llégale 


  • ¿Qué crees ma? En el mercado se me acercó un chavo que quería que vendiera droga

  • ¡Ay hijo! ¿Y el chicharrón?

  • ¡Chin, se me olvidó!

  • ¡Pues regresate, rápido! Ya es tarde y aún te falta lavar el comal y preparar la salsa

  • Me lanzo de volada


De verdad disfrutaba transitar las calles de la colonia e ir a San Juan, me gustaba escuchar la música de los puestos callejeros y de los compas con sus enormes grabadoras, en esos años se escuchaba la música grabada en cassettes, se oían “Ice Ice Baby” de Vanilla Ice,“Can't touch this” de MC Hammer y “Pump Up The Jam” de  Technotronic, mis favoritas.


  • Dame un kilo de chicharrón prensado por favor 

  • ¿De cuál, para negocio o para la casa?

  • Del bueno, de este que tienes arriba, de ese del piso no me late

  • ¡No mames! Es del el que más vendo

  • A mi dame del caro


  • Ya llegué ma, sí conseguí el chicharrón del chido

  • Muévete, ya es muy tarde y hoy es quincena, no quiero salir tarde 


Durante siete años salimos a vender en un puesto que montaba mi papá en la esquina de la 259 y la primera cerrada, vendíamos todos los días de nueve de la noche a la una de la mañana, como eran quesadillas fritas, tipo empanada, me correspondía freírlas en el aceite y cobrar, mi mamá las preparaba, siempre en friega pues se nos acumulaba la gente.  


  • ¡Hola tía! Deme dos de queso para llevar y una tostada de pata para comer aquí.

  • Buena noche, tres de chicharrón prensado con queso y una coca sin azúcar porque estoy a dieta.

  • Le encargo diez de pollo con queso, la salsa aparte y ahorita regreso, dejé a mi hija solita y luego se escapa



Sergio Núñez. Librero de viejo.


Despedida

De espaldas el paisaje  Y con los ojos fijos en el mar  Oculto mi pena.  Esta es la despedida. Silvia Tomasa Rivera    Cincuenta y cinco año...