lunes, 18 de octubre de 2021

Papá luchón

Siempre me ha gustado visitar los mercados, de niño vivíamos cerca del de San Juan, en Calle 7, en Iztapalapa, muy cerca de Neza, mis padres me llevaban de la mano para acompañarlos en sus compras, desde los tres años mi madre me invitaba taquitos de suadero:


Dos sin salsa para mí y dos para el niño con todo. 


Me enseñaba cómo pedir los bisteces: 


Siempre pide de espaldilla o de diezmillo.


Me mostraba qué champiñones elegir: 


Los que tienen la patita negra ya están maduros, de esos no.


O cómo escoger los aguacates para el día y para la semana:


— Los más blanditos son para el guacamole, los duros para comer en rebanadas.


En cambio, mi padre me convidaba caldos de gallina de los puestos ubicados debajo del puente que cruza la Calzada Zaragoza.


— Uno de huacal con huevera y uno de pierna deshebrada


Para comprar mi papá era muy práctico, todo lo adquiría en el mismo puesto de verduras, en la misma carnicería y en la misma cremería. 


— ¡Quiubo Fer! Te dejo mi lista y regreso en un rato


Siendo adolescente apoyaba a mis padres vendiendo quesadillas fritas en un puesto  callejero que montábamos todas las noches, yo era el encargado de ir diariamente a adquirir los enseres: la masa, el chicharrón prensado, las cebollas, los tomates, el queso, etc. Siempre en San Juan, aunque cuando se me hacía tarde me trasladaba hasta la Merced, tomaba el microbús y aunque fuera tarde hallaba de todo, aunque para ello tuviera que caminar entre cerros de basura de los puestos que ya habían recogido y esquivar una que otra rata, pero de las  chonchas, muchas de ellas ya le habían perdido el miedo a la gente, recuerdo una comiendo en dos patas un pedazo de bolillo a un costado de un borrachín afuera de una pulquerìa


Ahora que soy padre de familia me gusta ir con mi hija al tianguis que se pone todos los viernes en la zona de la Villa, a un costado de Plaza Tepeyac, donde la mitad de los puestos están cubiertos con mantas color rosa mexicano y venden artículos como cosméticos, tupperware, jarciería, juguetes y hasta rompecabezas 


Mira papá tienen el de La noche estrellada de Van Gogh ¿me lo compras? 


En otra parte del mercado ofrecen solo antojitos, a veces nos sentamos a comer tlacoyos de masa azul con nopalitos o quelites encima


— Deme uno de requesón con salsa verde y otro de frijol 


O tacos de tripa o un mixiote de carnero, también disfrutamos de las nieves que venden en vasitos azules con cucharas diminutas de varios colores. 


Por mi oficio siempre pasamos a ver el único puesto de libros del tianguis, el cual mezcla ejemplares nuevos, piratas y usados, ahí he encontrado varias “joyitas”, me llevé una antología de Sor Juana de finales del siglo XIX por $80. Tal vez por la hora siempre lo encuentro comiendo su guisado que le entregan en un plato cubierto por un playo y sus tortillas en papel aluminio. 

Llegamos a la parte de las verduras, en ese punto me pregunto si en Europa, específicamente en París tendrán esta variedad, también me cuestiono cuanto tardarán en acomodar tan bien los limones en pirámides tan perfectas; nos acercamos con la marchanta que trae una gran variedad de hongos y hierbas, ella mira que no suelto de la mano a mi hija de diez años y se pierde un par de segundos en sus pensamientos, tal vez le recuerda su infancia con su padre o que dejó el gas prendido ¿quién sabe?  Luego reacciona:


— ¿De qué le doy joven?  

Medio kilo de champiñones por favor 

— ¿Los va a hacer en quesadilla?

— No, en crema, muchas gracias


Pagamos, nos retiramos y a los pocos pasos nos alcanza gritando


— Joven, joven, se le olvida el epazote 

— Cierto ¿cuánto le debo?

— Nada, ¿cómo los va preparar así solitos? ¡Lléveselo!


Luego compramos papas con un par de ancianos que dan ternura, tendrán más de setenta años y se la pasan discutiendo, son divertidos.


— Viejo, ya te dije que la papa blanca va en la bolsa negra

— ¿Qué importa el color, mujer? ya la estoy guardando

— Pero va en la negra

— Déjame, lo estoy haciendo yo


Al llegar al puesto de quesos y embutidos, de esos donde los manteles plásticos son blancos y nunca tienen refrigerador a pesar de vender perecederos pregunto a la encargada  el precio de la longaniza que se ve muy buena


—$120 el kilo, pero no es como las demás, ésta no se deshace, cuando la parta verá que parece salchicha, enterita y hasta verá los pedacitos de carne, no se va a arrepentir 


Mientras habla me ve a mi, a mi hija y como la sujeto de la mano, en lo que medito cuánto llevar, al igual que la otra comerciante, se pierde por segundos, imagino que piensa que soy un papá luchón que cuido a mi hija y debo trabajar al mismo tiempo o sólo piensa en si su nieto habrá comido porque se quedó con la desobligada de su nuera; le pido un kilo y me echa un buen pedazo de pilón


— Vámonos hija, que hay que llegar a hacer la comida, vacunaron a tu mamá y hay que atenderla

— ¿Y el agua de qué?

— De veras, vamos por la fruta

— Mmm, yo creo que de guayaba, de esa le gusta, además, ésta está barata y pachichita, es la que sirve para hacer agua, las duras se comen enteras.


Terminamos las compras y nos retiramos a la casa para preparar la comida, que modestia aparte quedó muy buena. 



Sergio Núñez. Librero de viejo.


Las quesadillas de la tía

Durante años viví en el lejano oriente, nací en la Agrícola Oriental, perteneciente a la ahora alcaldía Iztacalco, pero al cruzar una calle ya me encontraba en Iztapalapa y al caminar unos cuantos pasos nace Cd. Neza, mi casa estaba a unos pasos donde actualmente está el metro Canal de San Juan. Muy cerca de la Calzada Zaragoza estaba mi secundaria, la Técnica 83, era de los tamarindos o cucarachos con mi suéter café, iba en la mañana y al salir corría a la casa, me servía algo de comer porque mi mamá solo nos preparaba un guisado y cada quien se despachaba.


  • Hijo, ya es tarde, van a dar las cuatro, ve por la masa o te cierran, también me traes chicharrón, pero ya sabes de cual, ¡no vayas a traer de otro!  Ah, y cebollas y dos pesos de epazote, pero apúrate que hoy es viernes y no quiero salir tarde

  • Voy ma


En mi adolescencia la pasé muy bien, los fines de semana y en las vacaciones me las pasaba con los cuates jugando fut o basquetbol, fui afortunado, pues me tocó la época de Maradona y sobre todo la de Michael Jordan, los Toros de Chicago y el verdadero Dream Team, en esos tiempos aún se jugaba en las calles con las porterías marcadas con pedazos de tabique, pero también teníamos el pequeño deportivo de la colonia donde nos juntábamos toda la bola de chavos echando relajo.


  • ¿Qué transa perro, vas a las canchas al rato? Va a ir el cheque y el pipo, para armar la reta con los de la 20

  • No puedo, le voy a ayudar a mi mamá con las quesadillas

  • Va, pues entonces el fin

  • ¡Va, cámara! Nos vemos el sábado, pero temprano ¿eh?


Desde pequeño mis padres me enviciaron con la comida callejera, si iba con mi madre me decía: vamos por unos tacos, pero no le vayas a decir a tu papá; con mi papá, igual: vamos por una pancita a San Juan, pero no le digas a tu mamá. Me quedé acostumbrado y en cada viaje al mercado era obligatoria una escala.


  • ¿De qué te doy güero?

  • Dos de tripa doradita y dos de suadero por favor  

  • ¿Tepache?

  • Sí, del de a litro

  • Pero eso sí, aunque tarde siempre cumplía con mis deberes, vivíamos de la venta nocturna de quesadillas, tostadas y sopes; modestia aparte, nos quedaban muy ricas y vendíamos mucho, fue esa época en que mi papá se quedó sin trabajo y toda la familia aportaba en el negocio


  •  ¿Lo de siempre moreno?

  • Sí, 5 de masa y uno de tortillas

  • Hoy casi no alcanzas, vente más temprano

  • Mañana le caigo antes de las cuatro


  • Buena tarde doña Lucha, un kilo de cebolla y dos pesos de epazote

  • ¿Hoy no vino tu mamá?

  • No, ya sabe que entre semana yo vengo ¿Dónde anda el Pedro? 

  • Que es que haciendo tarea el cabrón

  • Ahí me lo saluda 

  • Aquí tienes, uno de cebolla y dos de epazote, 9 pesos

  • No traigo cambio

  • Mañana me pasas

  • Sí, se lo paso, gracias


Para ir al mercado de San Juan, ubicado en Iztapalapa, pegadito a Neza, tenía que cruzar la Zaragoza y el Periférico, Calle 7, el puro barrio, creo que es el único mercado que nunca cierra su tránsito porque los locales son parte de las calles y están incrustados en la colonia, a esa edad y en esa época no tomaba precauciones, me metía por cualquier callejón sin medir el peligro, varias veces me corretearon, me quisieron robar la bicicleta y hasta en una ocasión unas cajas de duvalines y mazapanes.


  • A ver carnalito, ven para acá ¿qué traes en la bolsa?

  • Masa y verdura, ¿por qué?

  • No te hagas pendejo, saca la feria

  • No traigo nada güey, ya me lo gasté

  • ¡Vale madre! ¿De dónde eres?

  • De acá, de la Agrícola, de la 10

  • ¿No quieres vender mota?

  • No, no le hago a eso y los que conozco no fuman

  • ¡Pinche puto! Ya, llégale 


  • ¿Qué crees ma? En el mercado se me acercó un chavo que quería que vendiera droga

  • ¡Ay hijo! ¿Y el chicharrón?

  • ¡Chin, se me olvidó!

  • ¡Pues regresate, rápido! Ya es tarde y aún te falta lavar el comal y preparar la salsa

  • Me lanzo de volada


De verdad disfrutaba transitar las calles de la colonia e ir a San Juan, me gustaba escuchar la música de los puestos callejeros y de los compas con sus enormes grabadoras, en esos años se escuchaba la música grabada en cassettes, se oían “Ice Ice Baby” de Vanilla Ice,“Can't touch this” de MC Hammer y “Pump Up The Jam” de  Technotronic, mis favoritas.


  • Dame un kilo de chicharrón prensado por favor 

  • ¿De cuál, para negocio o para la casa?

  • Del bueno, de este que tienes arriba, de ese del piso no me late

  • ¡No mames! Es del el que más vendo

  • A mi dame del caro


  • Ya llegué ma, sí conseguí el chicharrón del chido

  • Muévete, ya es muy tarde y hoy es quincena, no quiero salir tarde 


Durante siete años salimos a vender en un puesto que montaba mi papá en la esquina de la 259 y la primera cerrada, vendíamos todos los días de nueve de la noche a la una de la mañana, como eran quesadillas fritas, tipo empanada, me correspondía freírlas en el aceite y cobrar, mi mamá las preparaba, siempre en friega pues se nos acumulaba la gente.  


  • ¡Hola tía! Deme dos de queso para llevar y una tostada de pata para comer aquí.

  • Buena noche, tres de chicharrón prensado con queso y una coca sin azúcar porque estoy a dieta.

  • Le encargo diez de pollo con queso, la salsa aparte y ahorita regreso, dejé a mi hija solita y luego se escapa



Sergio Núñez. Librero de viejo.


Despedida

De espaldas el paisaje  Y con los ojos fijos en el mar  Oculto mi pena.  Esta es la despedida. Silvia Tomasa Rivera    Cincuenta y cinco año...